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Prólogo de Ricardo Álamo.
La vida inglesa con la que en 1910 se topa por primera vez Julio Camba, tras dejar la corresponsalía de París del diario El Mundo para hacerse cargo de la de Londres, es una vida estragada de tópicos. La flema, la impasibilidad, la corrección, la falta de corazón o el sentido práctico de los ciudadanos de la City, junto con el clima brumoso, la niebla, la persistente lluvia o el intrincado idioma, son motivos impepinables para que el periodista pontevedrés lance sus flechas envenenadas de ironía y de sarcasmo en estas sesenta y nueve crónicas que hasta ahora habían permanecido inéditas en libro. Si París y la vida alegre y espontánea de los franceses habían supuesto para él como un mundo hecho a su exacta medida, Londres y las costumbres de los ingleses le resultan manifiestamente peculiares a fuer de ser muchas veces incomprensibles. Parafraseando a Chesterton, se podría decir que para Camba no fue ni mucho menos fácil comprender las raras cualidades de los británicos, tan alejadas de los alegres, corteses, románticos y apasionados franceses.